VICENTE LÓPEZ Y LA ÚLTIMA CENA

   De Vicente López Portaña se puede decir que al nacer su destino profesional  venía dado por la familia. Su padre, pintor, le instruyó desde bien pequeño en el manejo de los pinceles, y aunque a los seis años quedó huérfano, se hizo cargo de él su abuelo Cristóbal que, pintor también, viendo la afición del muchacho y sus dotes, estimuló muy probablemente al joven Vicente. Quizó por ello, en 1786, a sus trece años, ya vemos el nombre de López en el Registro de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, su ciudad natal. A partir de entonces comienza una carrera de éxitos. Galardones, contratos, el traslado a Madrid pensionado por la academia valenciana, su ingreso en la madrileña de San Fernando, donde con Maella, otro valenciano, y pintor de cámara, no deja de aprender. Es en Madrid donde es nuevamente premiado, regresando a Valencia con notoria fama. Le llueven los contratos, las iglesias se llenan de sus frescos, los palacios de sus retratos. En 1802 la familia real visita Valencia. López es encargado por la ciudad, la Academia y la Universidad de homenajear al rey con un retrato de familia. Debe gustar a Carlos IV el cuadro, pues al poco recibe el pintor la alegría de ser nombrado Pintor Honorario de Cámara. Pero la situación en España es difícil. Carlos IV abdica, su hijo Fernando es retenido por Napoleón, quién sabe si a la fuerza o por su gusto, en Francia; España es ocupada, y muchos españoles, algunos de los más linajudos, se manifiestan favorables al rey José Bonaparte. Mientras, Vicente López sigue pintando en la Ciudad de Turia, hasta que, terminada la guerra, vuelto a España el Deseado, éste, de paso por Valencia, lo confirma como Pintor de Cámara. Fernando VII, tan humildemente entregado al Bonaparte, el dueño de Europa; tan encandilado por su personalidad, por su carisma; tan sumiso a los deseos del francés, tan manso ante su poder en el pasado, se torna furiosamente antifrancés ahora. Hipócrita, al volver espeta a Goya: “Debería ahorcarte por tus coqueteos con los franceses, pero te perdono. Me harás un retrato”. Y lo hizo, pero pronto, opuesto al absolutismo más recalcitrante, se alejaría de la vida pública.

   La llegada de López a Madrid, al que se le perdonan los “coqueteos” con los franceses en Valencia, donde retrató al mariscal Suchet, supone el relevo de Maella, su antiguo maestro, al que, a éste sí, el rey no perdona los retratos hechos en la corte de José Bonaparte. López es encumbrado como pintor del rey. Ya no abandonaría el puesto hasta que en tiempos de Isabel II, Madrazo le sustituya. Famosos serán sus retratos de la reina María Cristina de Borbón, de Goya, quizás el mejor que del genio aragonés hay, y en sus últimos tiempos el de cuerpo entero de un general Narváez en su apogeo.

La Última Cena, de Vicente López. Museo de Bellas Artes de Xátiva (Valencia)

   De los lienzos de su primera época, encargos de carácter religioso muchos de ellos, el que hoy podemos ver fue destinado al refectorio del Convento de Santa Clara de Xátiva. Es un enorme cuadro de más de cuatro metros de largo y dos de alto evocación de la Última Cena de Jesús con los doce apóstoles y la conmemoración de la Pascua Judía, celebrando el fin de la esclavitud y la liberación de Egipto; y para los cristianos, institución de la eucaristía.  Así, vemos sobre la mesa el cordero pascual, el pan y el vino, y en torno a Jesús, sentados once apóstoles, y a Judas, el apóstol traidor, ante la mesa, de pie con la causa de su traición en su mano izquierda.
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¿EL PEOR ALCALDE DE MADRID?

   Decía José María Blanco White, el polémico heterodoxo afincado en Inglaterra, que “La opinión pública ha tratado a Carlos IV con gran injusticia”. Convencido de que el monarca jamás se desentendió del gobierno de su país, negó que fuera la caza su obsesión, sólo una afición que no le impedía ocuparse de los asuntos del reino. Sostuvo que eran Godoy, el favorito leal, el fiel cumplidor del mandato real, y los ministros, con libertad de acción, los ejecutores de las directrices ordenadas. Y para reivindicar la figura del cuarto de los Carlos, como hombre bueno, lo comparó con el tercero, su padre, al que acusó de cruel en su trato a los jesuitas a los que expulsó de España en una sola noche, sin previo aviso.

   Es posible, casi con toda seguridad, que Carlos IV fue un hombre bondadoso. Como señaló el embajador francés al hablar del rey español: es su majestad el mejor de los hombres y el más débil de los reyes. Y no debió ser una percepción equivocada ésta. Pese a los ditirambos dirigidos por Blanco White al monarca, podría decirse en el mismo tono hiperbólico que Carlos IV fue un rey absoluto que no hizo absolutamente nada por sí solo. Las figuras que llenan los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX, fueron su esposa, el favorito y amigo de ambos Manuel Godoy y el heredero Fernando.

   Quizá sea arriesgado formular tan categórica afirmación, pero lo cierto es que cuando el 14 de octubre de 1788 ciñó la corona de España el cuarentón Carlos IV, Jovellanos dejó escrito en relación al ascedente de la reina sobre su bondadoso, pero dócil esposo: “En este día primero, ambos recibieron a los Embaxadores de familia y ambos despacharon juntos con los ministros de Marina y Estado, quedando desde la primera hora establecida la participación de la reina como naturalmente y sin solicitud ni esfuerzo alguno”. Puede suponerse, pues, que la opinión que de él se formó el pueblo no podía ser menos favorable, y ello pese a ciertas iniciativas tomadas en los primeros tiempos del reinado. Aunque Carlos IV recibió una gran nación, fiel a su monarquía, con un ejército disciplinado y una más que aceptable marina de guerra, las guerras y las malas cosechas en los últimos años del reinado anterior habían dejado el país en una precaria situación económica y la miseria extendida. Se condonaron, pues, por el nuevo rey algunas deudas con el fisco, se moderaron los impuestos, el pan bajó de precio y se regularon algunas costumbres, prohibiéndose que los carruajes circularan a velocidad que supusiera un peligro para los viandantes o se multara a quienes profiriesen palabras malsonantes o blasfemasen. Paños calientes algunas de esas medidas que si bien no hacían sino aliviar muy momentáneamente la penuria, hacían feliz al pueblo.


Carlos IV, por Vicente López. Museo de Bellas Artes de Valencia.

   Poco podía hacer el nuevo rey. Si el padre llenó la Capital, y el país todo, de carreteras, edificios, monumentos, puertas, fuentes…, el hijo no podemos decir que siguiera el ejemplo paterno, al menos en su misma medida. Quizá no pudo, y si pudo no quiso. Si el padre pavimentó calles, implantó medidas higiénicas en la vía pública, el hijo se desentendió de dichas ordenanzas, y el Concejo de la Ciudad, ante lo gravoso del asunto, acabó reduciendo la recogida de basuras y limpieza al punto de que Madrid recuperó los nauseabundos aromas de los tiempos de Fernando VI.

   El rey que añadía una unidad más al ordinal usado por su padre del mismo nombre, no pudo hacer menos por su Nación, dedicándose, sin ejercer de rey, simplemente a serlo, pues en realidad lo segundo más grato al rey Carlos de todo cuanto hacía, que era bien poco, era cazar. Lo primero, y sólo por ir delante en el orden cronológico, era encogerse de hombros.

   Bien diferentes eran las respuestas del padre a las del hijo. Aquél, cuando llegaban a sus oídos las críticas a sus medidas higiénicas implantadas respondía: “Son como niños, cuando se les lava, lloran”. Sin embargo el hijo…, veamos, veamos algunas respuestas del hijo cuando las gentes de Madrid empezaron a protestar, y con razón.

   Era en la Villa y Corte muy deficiente el suministro de agua. Su abastecimiento a través de canalizaciones producía largas colas e inevitables altercados. Un cortesano despachando con el rey, le advirtió sobre dichos problemas de suministro. El rey se encogió de hombros, y dijo: “¿Y qué quieren que haga yo? Un rey no puede hacer milagros”, y se fue a cazar. En otra ocasión encontró sobre su escritorio, no se sabe quién pudo dejarla allí ni si con intención de herirlo o de hacerle comprender la realidad y estimular su amor propio, unas coplillas que decían:

                                  ¿Quién está cuando no estoy?
                                  ¡Godoy!
                                  ¿Quién llega cuando me voy?
                                  ¡Godoy!
                                  ¿A quién más cargos le doy?
                                  ¡A Godoy!
                                  ¿Quién manda en España hoy?
                                  ¡Mi esposa!
                                  ¿Y quién manda a mi esposa?
                                  ¡Godoy!
                                  ¡Que tiene gracia la cosa,
                                  pues sólo de nombre soy
                                  el rey, que lo es Godoy!

   Y al terminar de leerlas dijo: “Ya me decía mi padre que los madrileños son muy imaginativos y muy mal pensados”, y se fue a cazar, otra vez.

   Y mientras, Godoy, uno de los miembros de esa “Santísima Trinidad en la tierra”, que decía María Luisa eran Carlos, Manuel y ella misma, hacía y deshacía, era amado por sus benefactores y odiado cada vez más por el pueblo y por Fernando, el príncipe de Asturias, que había heredado todas las carencias de su piadoso, sensible y bondadoso padre y ninguna de sus virtudes.
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X

   La siguiente historia, como tantas recordadas por todos y tantísimas otras mucho menos conocidas, no debió suceder jamás. Pero ocurrió. Y fue gracias a un hombre lúcido y justo que las conciencias adormecidas despertasen. Fue gracias a él que los que poco antes cerraban los ojos ahora vieran claro, que los que incluso aplaudían los estremecedores hechos llevados a cabo por X y su infausta camarilla se horrorizaran de lo que habían tolerado.

                                                         *

   Y no es que X, por fuerza de las circunstancias, hubiera sido arrojado al arroyo de la inmundicia moral, no. X  había nacido en el seno de una familia respetable, acomodada y había recibido una buena educación. Ejercía como abogado en Manningtree cuando, al parecer, qué otra cosas pudo ser, fue tocado por la más despreciable de las iluminaciones. Encerradas las causas en su cerebro, sin que las razones nos hayan sido conocidas, el caso es que X cambió de oficio y, con su experiencia, comenzó a perseguir brujas. No era la Inglaterra del siglo XVII muy distinta de otros lugares. Una especie de histeria colectiva era aprovechada por algunos desaprensivos, que se afanaban en atender, por un precio razonable, las denuncias que se formulaban sobre, generalmente, mujeres de avanzada edad, acusadas de tratos con el diablo y prácticas demoníacas.

   Peores que aquellas desgraciadas ancianas eran sus delatores, aunque nada hubiera que delatar realmente. Aquello le importaba poco a X, que no estaba solo, pues en su ignominia le acompañaban John Stern y una mujer, de cuyo nombre la historia no ha querido guardar recuerdo, pero no por ello la hace merecedora de consideración mejor que la de sus infrahumanos compinches.

   Un chelín, ese era el precio que en 1645 cobraba X por juzgar y ahogar o quemar a una de aquellas indefensas mujeres, que tan poca resistencia podían oponer a sus verdugos. Generalmente los interrogatorios y las penalidades para hacerlas confesar no eran muy duros, pues la frágil naturaleza de aquellas ancianas era quebrada con prontitud con los castigos impuestos, ante los requerimientos del torturador y la esperanza del alivio a sus tormentos. Pero en ocasiones, se les sometía a una especie de ordalía: maniatadas, se las arrojaba a piscinas o depósitos con la profundidad suficiente para que perecieran ahogadas. Y si flotaban, era por inequívoca señal de culpabilidad en su condición brujesca, y conducidas a la hoguera.

El fuego purificador fue condena aplicada
 con frecuencia a las brujas.

   En 1645, en su desenfreno, X, que se hacía llamar “Cazador general de brujas”, culpó al pastor John Lowe, vicario de la parroquia de Brandeston, de pactos con Satanás. Anciano también, Lowe fue sometido al flagelo de inquisidor. Obligado a caminar indefinidamente hasta la extenuación a fin de hacerlo confesar, el desgraciado, para detener el suplicio, detuvo su marcha y confesó lo que su opresor deseaba oír. Nada consiguió con ello, su cuerpo pendía poco después de una soga, o sí, porque Lowe gozaba de una buena reputación como pastor y aquel hecho pareció remover alguna conciencia y llegó a oídos del reverendo John Caule, vicario de Great Staughton.

   Caule en un implacable opúsculo que dañó irreversiblemente la imagen de X y los suyos, declaró la perfidia del justiciero y su nociva influencia en la comunidad y su fama declinó imparable.

   Aunque no hay pruebas concluyentes del fin de X, dos años después se logró encontrar pruebas suficientes para su detención, y se le sometió a juicio siguiendo sus propios métodos. Atadas sus manos X fue sumergido en las aguas de una balsa, pero su cuerpo salió a flote. Era la prueba de su culpabilidad. Se llamó a los carpinteros. Se construyó un cadalso, y el destino acabó por señalar el final de su camino un 12 de agosto de 1647.

                                                          *

   X fue en realidad Matthew Hopkins. Había nacido en Wenham, en el condado de Suffolk, probablemente en 1619. Era hijo de James Hopkins, párroco de la localidad, y de Marie, que le proporcionaron una vida sin penalidades y facilitaron estudios, probablemente de Derecho, dedicándose a la abogacía o a los asuntos relacionados con las leyes, que ejerció en Ipswich primero y Manningtree después, y a la caza y ejecución de brujas más tarde. Casi todo lo que de él se sabe son deducciones especulativas, incluso su forma de morir, antes de cumplir los treinta años, resulta contradictoria, o quizá sea leyenda forjada si atendemos a los testimonios de su compinche John Stern, persona de la peor laya y poco de fiar,  que según algunas fuentes declaró que tuvo una muerte tranquila y placentera. Fuera como fuese, sí es cierto y resulta comprobado que durante tres años dedicó su vida a descubrir o ejecutar a más de 200 brujas.
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GUTIERRE DE CETINA. LOS OJOS CLAROS Y LA NOCHE OSCURA

   Aunque escribió mucho, su obra permaneció ignorada largo tiempo. Sólo un madrigal dedicado, según se cree, a una dama italiana, doña Laura Gonzaga, mantuvo vivo el recuerdo de sus letras; y aunque su existencia fue corta, vivió mucho y con intensidad. Sevillano, de familia noble y mediana fortuna, Gutierre de Cetina, es poeta, y digo es, así, en presente, porque los poetas nunca mueren, y menos si lo hacen como a éste quiso llevárselo Dios. Como es el primero de los que en numerosa prole tuvieron Beltrán de Cetina y Francisca del Castillo es también soldado al servicio del emperador Carlos, y participa en la aciaga jornada de Argel junto a un anciano Hernán Cortés. En Italia traba buenas amistades en los ambientes refinados, relacionándose con don Diego Hurtado de Mendoza en Trento, y don Luis de Leyva, príncipe de Áscoli; pero a Gutierre gusta la aventura, y viaja al Nuevo Mundo. Acompañando a su tío el Procurador General de Nueva España don Gonzalo López, Cetina cruza la mar océana, y aunque vuelve a España, otra vez de regreso a tierras mexicanas se establece en la entonces conocida como Puebla de los Ángeles.

La ciudad de Puebla de los Ángeles, escenario de los hechos aquí relatados,
 fue fundada en 1531 por el religioso franciscano fray Toribio de Benavente.

   Vivía en Puebla un tal don Pedro de la Torre, hombre entrado en años de cultura más que ordinaria, que poseía a la vez las virtudes y los defectos que hacen a los hombres admirados y despreciados al mismo tiempo. Tenía conocimientos de Medicina y Teología, había estudiado Arte y Gramática; pero era un jugador empedernido, actuaba como curandero en una mezcla de ciencia y hechicería y debió ser bígamo, pues al llegar al Nuevo Mundo casó con una india a la que llamó Luisa, pero en el tiempo que nos ocupa, estaba casado con una joven belleza de poco más de veinte años llamada Leonor de Osma, que además de a su esposo, tenía enamorado a don Hernando Nava y a don Francisco Peralta, ambos amigos de Cetina y, como se verá, rivales entre sí por el amor de la dama.

                                                        *

   Amigos como son Cetina y Peralta, acompañaba a veces el primero al segundo en sus rondas galantes. En aquel año de 1557, el primer domingo tras la Pascua de Resurrección, Domingo de Cuasimodo, quiso Peralta llegar hasta el balcón de doña Leonor y pidió el enamorado a Gutierre lo acompañara en su cortejo. Van, pues, los amigos de ronda en noche cerrada y oscura cual boca de lobo, cuando ante la casa de don Pedro de la Torre, que era la de doña Leonor de Osma, cerca de la encrucijada de Santo Domingo, yendo delante Cetina, vio éste dos sombras que se les acercaban. Volviose Cetina a dar aviso a su amigo, mas al volver su vista al frente para afrontar el peligro, recibió en el rostro la fría caricia del acero que surcó su piel sobre la mejilla, en tajo desde la oreja hasta el ojo, cayendo el herido de bruces sobre el camino, y su rostro hundido en el lodo.

   Se pidió enseguida ayuda, la más próxima la de don Pedro de la Torre, que para eso era médico, que viendo la profundidad del corte y gravedad de la herida curó sin coser nada, pues nada bueno, sino la muerte del agredido, podía esperarse, al mezclarse piel, carne y hueso destrozados por el golpe.

   Y así, muerto por el arrebato de un celoso enamorado, ante el balcón de doña Leonor encontró su fin el hombre y nació a la inmortalidad el poeta al que otra dama inspiro su madrigal más famoso:

                          Ojos claros, serenos,
                          si de un dulce mirar sois alabados,
                          ¿por qué si me miráis, miráis airados?
                          Si cuanto más piadosos,
                          más bellos parecéis a aquel que os mira,
                          no me miréis con ira,
                          porque no parezcáis menos hermosos.
                          ¡Ay, tormentos rabiosos!
                          Ojos claros, serenos,
                          ya que así me miráis, miradme al menos.

                                                      *

   Podría terminarse en este punto el relato para ungir al poeta muerto con el aura de la eternidad que se otorga a las víctimas inocentes, pero quizá quedara incompleto, y el lector insatisfecho, sin conocer cómo al asesino se le aplicó la justicia con deliberada indulgencia.

   Huidos los agresores, se supo que era el principal de ellos don Hernando Nava al que acompañaba Gonzalo Galeote; que era Nava amante de doña Leonor y los celos le movieron en contra de su rival; y que era Peralta y no Cetina, que llevó la peor parte por ser primero en la marcha y la noche tan cerrada, el blanco erróneo de su malsano impulso. También, porque consta, que Nava se acogió a sagrado, refugiándose en la Iglesia de Santo Domingo, de donde fue sacado a la fuerza por las autoridades, y que tras ser condenado por la justicia a ser degollado, se le conmutó, sin duda por influencia de su madre(1), la pena de muerte por otra que le permitió vivir. El 7 de julio de 1554, en la Plaza Mayor de México, se le cortó la mano derecha y fue entregado de nuevo a la jurisdicción eclesiástica de la que había sido arrebatado, y que nada más hizo en su contra, siendo manco, mas vivo y libre.

(1) Era Catalina Vélez Rascón, la madre de Hernando Nava, mujer de mucho dinero y por ende de poder, que sin duda influyó en el trato que la justicia dispensó a su hijo.
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EL ENLACE MUÑOZ-BORBÓN

   La siguiente historia podría parecer un cuento, pero sucedió en verdad. Sus protagonistas son una reina viuda y un modesto soldado llegado a la Corte en busca de fortuna. Podría empezar así: había una vez, en la noble ciudad de Tarancón, aguardando la llegada de un nuevo hijo, un matrimonio formado por Juan Muñoz Funes y Eusebia Sánchez Ortega. De orígenes modestos, tenían Eusebia y Juan estanco de la sal(1) y, aunque no lo sabían el niño que les iba a nacer estaba destinado a ser una persona con suerte. Y es que habían pasado apenas unos pocos minutos desde que ocurriera el parto, cuando el buen fario ya se hizo compañero de Agustín Fernando Muñoz Sánchez. El 4 de mayo de 1808 acababa de llegar a este mundo la criatura cuando se le dio por muerto y dejado su cuerpecito envuelto en una sábana. Una criada comprobó que respiraba y, vuelto al mundo, dos días después fue bautizado.

                                                          *

   Agustín crece, y sigue la Fortuna otorgándole su favor pues, siendo más mayorcito jugaba con sus amigos en las eras de su Tarancón natal y un accidente estuvo a punto de cambiar el curso de su vida. Acostumbran los mozalbetes del pueblo a jugar, fabricando minas de pólvora. Son éstas un juego con cierto peligro, y por lo tanto favorito de los niños, que consiste en acumular en un hoyo una cierta cantidad de pólvora y cubrirlo de tierra para que la explosión cause una gran polvareda. Uno de estos artefactos después de prenderlo no hizo explosión y allá que fue el chiquillo a soplar sobre la mina para prender la mecha cuando la deflagración imprevista arroja toda la tierra sobre el rostro y los ojos del muchacho, dejándolo ciego. Y de nuevo su ángel de la guarda le protege. Pocos meses después el pequeño Muñoz recobra la vista.

   Sigue creciendo Fernando, que así se le llama ya, pues su tío y padrino, a la vuelta de “El deseado” decide que es mejor llamar al crío con ese nombre, en honor del rey devuelto a los españoles por Napoleón, el amo de Europa aún, cuando el destino o sus propias decisiones vuelven a llevarlo por el camino del éxito. Quiere su madre que dedique su vida al sacerdocio, pero el joven, poco dado a las cosas de Dios, se inclina más por seguir la carrera militar. Ingresa, pues, en la guardia de Corps donde las cosas transcurren tranquilas hasta que en 1829, a sus veinticinco años, Muñoz besa por primera vez la mano de una reina. Llegaba María Cristina de Borbón de Nápoles para ser la cuarta esposa del rey felón y dar descendencia a la Corona, si era posible que el agotado rey lo consiguiese, cuando durante el viaje que conduce a la futura reina de España y cuarta esposa de Fernando VII, María Cristina y Fernando Muñoz se conocen.

   Fernando es joven, apuesto y gallardo y, aunque calvo, sabe disimular su alopecia con peluquines de la mejor factura que arregla uno de los fígaros del cuerpo de Corps discípulo del famoso Petibon, uno de los peluqueros más famosos de la época. Y como presta servicio en Palacio, María Cristina queda prendado del soldado. Cuando el 29 de septiembre de 1833 Fernando VII es llamado al sueño eterno, María Cristina, reina gobernadora ya, da rienda suelta a sus sentimientos, guardados en vida del rey. Cierto día la reina sale de caza, pide a Muñoz que la acompañe. Al sobrevolar sus cabezas una perdiz, insta la reina a su guardia a que dispare. Muñoz lo hace y abate a la gallinacea, que cae casi a los pies de María Cristina. Apartada del resto, aquella perdiz se librará del escabeche y días después, disecada, decorará las habitaciones de la reina.

   El 18 de diciembre, aún no se habían cumplido tres meses desde la muerte del rey, con discreción prepara la reina una excursión a la finca de Quitapesares, en Segovia. Allí se formalizan las relaciones entre la reina gobernadora y su admirado Fernando, y diez días después, tras difíciles gestiones, el recién ordenado sacerdote Marcos Aniano González, paisano, amigo y primo lejano de Muñoz, los casa. No es mal negocio la boda para el cura, que pasa a ser confesor de la reina, capellán de honor, y por si fuera poco, prebendado de Lérida y deán de La Habana; tampoco lo es para Muñoz, que sigue siendo garzón de palacio, pero con derechos inimaginables para cualquier guardia. Almueza con la reina, la acompaña permanentemente, y dispone de habitación en palacio y coche propio.

María Cristina de Borbón, de Mariano Benlliure.

   Comienza así una doble vida para la reina gobernadora que, si quiere seguir siéndolo, debe mantener en secreto el matrimonio morganático celebrado. Y es que aunque no conste en registro alguno, lo que ha llevado a pensar que lo que se celebró carecía de validez, y ser pocos y discretos los testigos del enlace, son cada vez más los que lo sospechan. Incluso en la camarilla palatina a Fernando ya lo motejan con el ordinal VIII. Tampoco ayuda mucho el recuerdo, muy presente aún, de la privanza de Godoy con María Luisa, y menos aun los hijos que pronto empiezan a llegar: por los muñoces serán conocidos, que en número de ocho son inscritos a nombre de padres supuestos.

   Del amor que siente María Cristina por Muñoz no cabe duda, así como del cuidado que profesa a los hijos tenidos con él. Tampoco cabe duda del conflicto personal que arrostra. La Ley de Ayuntamientos, al amparo de la Constitución de 1837, es la puntilla para la regente que, en Valencia, acaba cediendo la regencia a Espartero y dejando a la reina niña Isabel bajo su custodia. Los siguientes años serán una mezcla de conspiraciones, negocios, alumbramiento de nuevos muñoces y viajes de incógnito entre España y Francia. En abril de 1844 la reina ya sabe que la ceremonia de 1833 no fue válida. El cura de Tarancón que los casó no tuvo en cuenta las leyes eclesiásticas, no era párroco, como exigía el Concilio Tridentino, entonces Ley del Reino. Angustiada María Cristina se sincera con Narváez, a la sazón presidente del gobierno. Le confiesa la reina madre, entre lágrimas, el sufrimiento personal que padece, que no está casada con Muñoz, pero que tiene hijos de él, y que quiere ordenarlo todo; y pide a su hija, la reina Isabel, que otorgue a Fernando Muñoz cuantas mercedes puedan corresponderle al esposo de una reina, a lo que complaciente la hija accede. Y así es como en Decreto de 23 de junio de 1844 Muñoz se ve convertido en Grande de España con el título de Duque de Riánsares, anticipo de los muchos privilegios que recibirá el futuro marqués de San Agustín, poseedor de la Gran Cruz de la Orden de Carlos III, del Toisón de Oro, Teniente General de los Ejércitos y Senador del Reino; y en Francia, duque de Montmorot, par de Francia y dueño de una Cruz de la Legión de Honor.

   Ya puede la reina casarse con su querido Muñoz, padre de sus ocho últimos hijos y ennoblecido con la Grandeza de España. A las nueve y media de la noche del 12 de octubre de 1844, ante un altar portátil instalado en las habitaciones de palacio, don Juan José Bonel y Orbe, obispo de Córdoba y confesor de la reina Isabel, asistido por don Nicolás Luis de Lezo, capellán de honor de la reina, celebra el matrimonio. El Presidente del Gobierno, don Ramón María Narváez; don Luis Mayans, Ministro de Gracia y Justicia; don Pedro José Pidal, de Gobernación y don Alejandro Mon, de Hacienda, actúan como testigos. Fernando, de 36 años y María Cristina, de 38, ya son marido y mujer.

   No serán pocas las intrigas y negocios que el matrimonio y sus hijos protagonizarán en el futuro, muchos de ellos dignos de la fértil fantasía del mejor novelista, que quizás, puesto que el argumento ya está escrito por la historia, veamos aquí contado en futuro capítulo.

(1) El estanco de la familia consistía en los privilegios para la venta de la sal de las salinas de Belinchón.
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VIAJES EN TERCERA PERSONA. MADRID (I)

   Siempre se ha resistido el viajero a escribir sobre Madrid por estar seguro de no hacer justicia a la enormidad del arte, de dichos y hechos que la capital de España encierra. Es tanto lo que se ha dicho de ella, y el viajero va a decir tan poco, que se siente incapaz casi de abarcar en pocas líneas lo que otros en grandes tomos no han podido contar del todo.

   Al hablar de ella lo primero que le viene al pensamiento al viajero es lo grande que todo le parece: grandes avenidas, grandes palacios, grandes museos y enorme su historia. Grandeza en todos los sentidos, y no es que lo fuera en tiempos de Lope de Vega, pero ya El Fénix de los Ingenios dijo y dejó escrito que:

                                Ya sabéis que Madrid
                                excede como en el celo
                                a muchas grandes ciudades
                                en riquezas y deseos…
                                                                         
   Pero Madrid no siempre fue grande. Hasta el siglo XVI, el viajero puede decir que fue población castellana que pasa más o menos inadvertida; pero en tiempos del emperador Carlos y más aun de su hijo Felipe, Madrid entra en la historia por la puerta grande. Pie para ello le había dado a Felipe II su padre cuando desde Yuste le dijo: Si quieres conservar tus dominios deja la Corte en Toledo, si deseas aumentarlos llévala a Lisboa, si no te importa perderlos ponla en Madrid”. Eligió Madrid el rey Prudente, y no se atreve a juzgar el viajero si ello tiene que ver con que al paulatino engrandecimiento de la Villa y Corte siguiera una lenta, pero acompasada mengua del imperio en el que nunca se ponía el Sol. Si acaso, piensa que tuvieron mucho que ver los incapaces reyes que le siguieron, algunos de sus validos y aun más el agotamiento de una nación que entregaba su ser, por su sangre en los campos de batalla y por su genialidad con novelas ejemplares, recitando poemas, representando comedias y cubriendo las paredes de lienzos y las iglesias de oro.  De ese metal se acabará llamando ese siglo por el que España ha sido admiración del mundo. Pero no quiere el viajero divagar en cosas que le pierdan de su paseo y para acabar de hablar de grandezas y pequeñeces vuelve a Lope para contar algo sobre otras de las cosas de las que hoy Madrid empieza a presumir, aunque antes no lo hiciera: su río. Y es que durante la inauguración de un puente sobre el Manzanares fue invitado Lope de Vega. Llamó la atención que se distanciara algo de las autoridades y demás invitados, razón por la cual el corregidor se acercó al Fénix de los Ingenios y le preguntó qué le parecía el puente que iban a inaugurar. Ingenioso como era, y malicioso como correspondía al caso, contestó: Señor corregidor, no os daré una opinión sino un consejo: “Una de dos, que la villa de Madrid, o se compre un río o que venda el puente”. Y se pregunta el viajero recordando lo dicho por don Lope si los males de ahora vienen, pues, de tiempo atrás.

   El viajero, puesto que se aloja cerca, lo primero que hace es poner los pies, si no en el centro geográfico de España, sí en el lugar desde donde se empiezan a contar las distancias de las carreteras radiales españolas. El viajero está en la Puerta del Sol. Podría quedarse aquí varias horas si tuviera que contar todo lo que de importancia para la historia de España ha sucedido en ella. Desde que existe como plaza, es decir desde, más o menos, mediados del siglo XVI, aunque en su forma actual no llega a cumplir los dos siglos, ha sufrido varias transformaciones y allí los madrileños y los españoles han visto pasar de todo, y hasta hace bien poco.



   Callejeando, el viajero halla cosas que no esperaba encontrar. Si visitar los sitios que busca le gusta, descubrir lo que ni sabe que existe le causa mucha emoción, no tanto por lo descubierto, como por la sorpresa de hacerlo; como cuando al pasar ante la puerta de la iglesia de San Ildefonso, a punto de pasar de largo, se asoma un instante y descubre en el atrio una placa que le advierte que en aquel templo contrajo matrimonio doña Rosalía de Castro un 10 de octubre de 1858.

   Contento con su pequeño hallazgo, no tarda el viajero en llegar al lugar, este sí, buscado. Al entrar en la iglesia de San Antonio de los Alemanes sólo ve en su interior tres personas. Se trata de una pareja que escucha las explicaciones del tercero sobre los milagros representados en los retablos laterales del templo. El viajero, que no es la primera vez que visita esta iglesia, toma asiento durante un rato y observa los frescos de la enorme bóveda ovalada pintada hacia 1662 por los pintores de la corte Carreño de Miranda y Francisco Rizzi y restaurada en buena parte unos años después por Lucas Jordán. La iglesia fue llamada al principio de los portugueses, pero cambió su nombre por el actual de los alemanes tras la pérdida definitiva de Portugal en 1668, en tiempos de la reina regente doña Mariana de Austria. Tiene suerte el viajero, pues ya de pie, correteando cerca del altar mayor, ve como Joaquín, que así se llama la persona que antes hablaba con los visitantes, que ya se fueron, le pregunta si quiere que le explique algo sobre la iglesia, y sin darle tiempo a responder se ve escuchando que es de Trujillo y que por no dejar aquello solo mientras se realizan los trabajos de restauración de la capilla mayor, explica a quien quiere oírle lo poco que dice saber de la iglesia, pero que al viajero le parece que así dice por modestia. Le habla de los milagros representados en las capillas, de los reyes santos pintados en los frescos del contorno de la iglesia, y de los que figuran, los Austrias menores y algún Borbón, en los medallones que coronan los arcos de los altares.  Luego le invita a pasar a la sacristía. El viajero no cabe de contento.

   Al salir, cerca de la calle de Alcalá, muy cerca de la Fuente de Cibeles, el viajero pasa por delante de la casa de las Siete Chimeneas. No llama mucho la atención hoy, pero hace unos doscientos cincuenta años fue objeto de mucha por los madrileños. Allí vivía un ministro de Carlos III, famoso por el motín que contra él hubo en la Villa. No es lugar éste para entrar en detalles sobre las auténticas causas del motín o si fue promovido por algunas de las casas nobiliarias descontentas o incluso por los frailes de la Compañía de Jesús, siempre en el ojo del huracán de cuantos males ocurrían, pero sí para contar lo que empezó a pasar el Domingo de Ramos de 1766. Aquel día se presentó en el cuartel de los Inválidos, que entonces había en la plazuela de Antón Martín, un hombre cubierta su cabeza con sombrero de ala ancha, oculto el rostro y envuelto todo con una capa. Incrédulo, el vigilante increpa su proceder, advierte al osado individuo que por disposición real está prohibido usar aquellas prendas y ocultar el rostro, preguntando al audaz si acaso no conoce dicha orden, conminándolo al tiempo a descubrirse. Pero el embozado, resuelto a todo, lejos de observar lo que el oficial le manda, responde con provocadora insolencia que sí, que conoce bien la disposición del rey, que no la cumple ni la piensa cumplir y que si de ese modo viste es por su voluntad de hacerlo así, vamos, porque le da la gana. Llama el oficial, ante tal descaro a la guardia, para detener al atrevido, mas cuando llegan los soldados aparecen tras el embozado provocador un pequeño ejército de iguales e irreconocibles sujetos cubiertas sus testas con chambergos, sus cuerpos con capas, y espadas al cinto, que desenvainan con rapidez,  enfrentándose a la guardia y poniéndola en fuga. Montado el follón, ya motín, embozado, compinches y muchos otros ya prosiguen sus tropelías por las calles de Madrid hasta llegar frente a la casa ante la que el viajero ahora está. Ni Esquilache ni su mujer estaban allí entonces, y lo pagaron sus sirvientes, uno de los cuales, que se opuso al allanamiento, resultó muerto. Finalmente obligado el rey por las circunstancia, quedaron sin efectos las prohibiciones, y el ministro Italiano fuera de España.

   El viajero va viendo edificios, monumentos, fuentes, y comprueba en muchos de ellos un denominador común, que el autor de muchas de esas obras se llama Ventura Rodríguez. Repetirá el viajero varias veces este nombre para reconocimiento de quién tanto hizo: la primera, al llegar a la plaza de Cibeles, pues la fuente que la adorna es obra de Rodríguez. El viajero admira el Banco de España. Por esas cosas del destino, al viajero le resulta irónico que el Banco, inmensa caja fuerte, entre otras cosas, de las reservas de oro y divisas españolas, esté precisamente en la esquina en la que estuvo el palacio de Alcañices, del duque de Sesto, ─construido a su vez sobre el solar donde antes tuvo otro el valido de Felipe IV, don Luis de Haro─, que vendió por la necesidad de dinero que tenía para mantener en el destierro a la reina Isabel II y costear en parte la educación del futuro Alfonso XII. Porque Pepe, así le llamaba con familiaridad la irreflexiva reina, fue el paradigma de cortesano fiel. Acompañaba a la reina en San Sebastián cuando ésta eligió irse de España, antes que permanecer en ella, como Alcañices le recomendó cuando ante la duda real, el marqués, que también esto era, le dijo: “¿Renunciará su Majestad, regresando a Madrid, al laurel de la gloria?", respondiendo la indolente reina con la no menos famosa frase: “Mira Alcañices, el laurel para la pepitoria y la gloria para los niños que mueren". Y se marcho tan fresca para Francia.




   El viajero bien se merece un descanso y pasea sin prisa por el Retiro. Es este parque parte de lo que fue Real Sitio, y en uno de sus lados tuvo propiedad la condesa de Olivares de una pajarera, por lo que el jardín fue conocido por “El gallinero”. Después de corretear un poco por el parque, por lo que fue, cuando aún no era moderno hablar de parques zoológicos, la Casa de las Fieras, haber visto el paseo de las estatuas, el gran estanque presidido por Alfonso XII, y un poco más allá el monumento al Ángel Caído, cuya altitud sobre el nivel del mar, posiblemente casual, es de 666 metros, el viajero sale del parque y baja por la cuesta de Moyano.

   Es famoso este paseo entre los paseantes aficionados a la lectura porque allí están los puestos de libros, que pronto hará un siglo llevan instalados en dicha calle, homenaje justo al político zamorano, alma de la Ley de Instrucción Pública que impuso en 1857 la enseñanza obligatoria y gratuita entre los 6 y los 12 años y que, a diferencia de otros tiempos más recientes, se mantuvo vigente más de cien años.  El Viajero se para en alguno de los puestos y después sigue su camino, y sin que le quede tiempo en dejar de pensar en los libros, cruza el Paseo del Prado y entra en el Barrio de las Letras.

   Anda por la calle Lope de Vega, en cuyo convento de las Trinitarias se asegura reposan los restos de Cervantes, aunque no es en eso en lo que piensa el viajero, cuando también por allí ve calle en recuerdo de Quevedo. No es gran cosa, y desde luego juzga el viajero que es corta para quien tan larga lengua tuvo, pero aun así tiene más de lo que don Luis de Góngora, su rival, tiene en ese barrio, que es nada.

   Cuando le nació a Felipe IV su último hijo, aquél que dibujó una sonrisa de alivio en quienes por fin veían un heredero de la corona, y poco después, en los mismos, una mueca de preocupación al comprobar la invalidez del infante, su padre, el rey, quiso dar las gracias al cielo por ese fruto tan deseado. Como prueba de las muchas gracias que deseaba dar, Felipe mandó construir un convento que estuviera bajo la advocación de Nuestra Señora de la Concepción. Esto sucedía en 1663 y el encargado de su fundación fue el ministro del Consejo de Castilla don Juan Jiménez de Góngora. El paso del tiempo, que todo lo cambia, hizo que el convento  se conociera como “el de las Góngoras”; y pasando más tiempo aún, tanto como trescientos años después de su fundación, que la calle en la que se ubica cambiase también su nombre por el de calle de Góngora, creyendo que el convento debía su apelativo al escritor monje y que sería el justo desagravio al dueño del distinguido representante del culteranismo, que no tenía calle en el barrio de las letras donde Lope de Vega, Cervantes, Quevedo y otros sí la tienen.

   El viajero que no quiere agotar sus fuerzas en un solo día, se toma un descanso y deja para el día siguiente la visita del Palacio Real, que es mucho palacio y requiere tener cuerpo y mente descansados.

   En la Plaza de Oriente, antes de entrar en la mansión real, el viajero mira la estatua ecuestre de Felipe IV. Fue este rey con el que de modo más patente contempló España el comienzo de su declinar como potencia en el mundo y, sin embargo, el reinado en el que dio su genio a ese mundo en el que empezaba de dejar de mandar. Y es que la estatua que el viajero admira fue diseñada por Velazquez,  modelado el rostro del rey por Martínez Montañés,  fundido el bronce por Piero Tacca y todo hecho porque Galileo Galilei consiguió que la cabalgadura, apoyada únicamente sobre sus cuartos traseros, se mantuviera así dejando hueca la parte delantera de la escultura y maciza trasera.



   El palacio del que dijo Napoleón a su hermano José cuando lo hizo rey de España: “Estarás mejor alojado que yo en Versalles”, comenzó a erigirse, tras consumir las llamas el antiguo alcázar de los Austrias, en el siglo XVIII, Primero Filipo Juvara y Sachetti después, al morir el primero, fueron los principales artífices de la obra, pero no puede olvidar el viajero, como prometió, nombrar de nuevo a Ventura Rodríguez, pues alumno adelantado de Juvara, intervino en la obra como ayudante, y más tarde superando al maestro se ocupó de realizar la capilla real.

   En el palacio han sucedido tantos acontecimientos de la historia de España que el viajero se conformará con poner dos ejemplos: uno es el ocurrido en la escalera real, cuando don Domingo Dulce, al mando de la guardia de palacio, logra mantener a raya a los asaltantes que intentan apoderarse del edificio. Están estos inspirados por doña Cristina, que poco antes ha dejado España y a sus hijas, y son contrarios a Espartero, el regente. Tratan de secuestrar a la reina Isabel, aún niña, y a su hermana la infanta Luisa Fernanda. Los asaltantes han alcanzado el rellano de los leones. Desde lo alto los alabarderos del entonces comandante Dulce resisten. Hay cristales rotos, pánico. La condesa de Espoz y Mina, al cuidado de las niñas, las traslada de una a otra estancia, buscando la mayor seguridad. Tras once horas de tiroteos, sobre las seis de la mañana del 8 de octubre de 1841 los asaltantes son reducidos y los detenidos ajusticiados. No ocurre lo mismo con los jefes militares del complot,  los generales Concha y Pezuela, que huyen. También el general Diego de León lo hace, pero a la altura de la Puerta de Hierro pierde su caballo. Prosigue a pie el general, pero es alcanzado por un escuadrón de húsares. Al mando del mismo está el capitán Laviña, que había sido ayudante del general. Le propone huir, como ha hecho el resto. Nada dirá si lo hace. Rehúsa el general. "Espartero no me fusilará", dice Diego de León. El 15 de octubre en las inmediaciones de la Puerta de Toledo el general Diego de León cae bajo las balas del pelotón de fusilamiento.

   Y puestos en pendencias, en el mismo siglo, y pocos años después, también con la reina Isabel como pretexto, una nueva escena sucede en palacio. Despacha el presidente Narváez  con su ayudante Joaquín Osorio y Silva, cuando oyen voces provenientes de la antecámara de la reina. Isabel, en su nido de amor ha recibido a Enrique Puigmoltó, cuando se presenta con pretensiones de ver a la reina el rey Francisco de Asís, acompañado del general Urbiztondo, ministro de la Guerra. La situación puede resultar muy comprometida. Los alabarderos que custodian el recinto le niegan el paso y el alboroto producido atrae a Narváez.
   ─Quiero ver a la reina, es mi esposa y tengo derecho, insiste Francisco de Asís, al ver llegar a don Ramón.
   ─Eso no es posible sin el permiso de la reina. No insista, majestad.
   Es absurdo, tercia Urbiztondo, ministro de Narváez, pero de parte de rey en esta ocasión. Es inadmisible negar el paso al rey, repite dando un paso al frente.
   Para contrarrestar ese gesto, Osorio hace lo propio y con otro intimidatorio pone su mano sobre la empuñadura de su sable, momento en el que Urbiztondo desenfunda y atraviesa de una estocada al oponente. Se entabla, entonces, un duelo entre el presidente y su ministro en presencia del rey, que aterrado contempla la escena. Heridos ambos combatientes, es Narváez quien finalmente hunde mortalmente su acero entre las carnes del ministro. El nombre de la reina ha quedado a salvo, y la muertes producidas convertidas en accidentes.

   Tanta acción ha despertado el apetito del viajero que, tras reponer fuerzas, acude, porque no hay más remedio que hacerlo así, casi con el estómago lleno, al Monasterio de las Descalzas Reales, que lo es para las monjas clarisas que lo habitan, pero museo para los visitantes que lo admiran. A este monasterio se va si se está avisado, pues está un tanto escondido; y se ve si se tiene paciencia, pues las sores lo abren durante pocas horas y a grupos limitados. El viajero, que sí que está avisado y es de natural paciente para estas cosas ya está dentro, y maravillado. No contará mucho de lo que ve en el interior, pues es tanto y tan magnífico que sólo puede recomendarlo a quien le quiera hacer caso, pero no puede callar que nada más comenzar a subir las escaleras y ver a don Felipe IV y su familia asomada al balcón real en un trampantojo pintado en uno de los tramos de la escalera, le parece haber entrado en un túnel del tiempo del que ya no saldrá hasta que vuelva a la calle. Y es que este monasterio fundado por doña Juana de Austria, que no pudo ser reina, pero fue hija de un emperador y hermana de un rey, esposa de un príncipe y madre de un rey es una de las joyas más delicadas de Madrid.

   No se alargará el viajero demasiado en este paseo, y dejará para el futuro contar más historias de los sitios vistos y de los que verá en próximas visitas. Y si comenzó el viajero recordando unos versos de Lope de Vega, termina evocando otros de José Bergamín hablando de Madrid:

                          A la luz que tus aires aposenta
                          Cervantes le dio voz, Velázquez brío,
                          Quevedo sombras, Calderón afrenta
                          Rodeando las llamas de su vacío.
                          Y Goya con sutil mano violenta
                          Máscara de garboso señorío.

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EL XIX. EL MINISTERIO RELÁMPAGO

   Fue tan escasa su importancia como breve su duración, pese a lo cual no hay libro sobre la historia del siglo XIX que no vea iluminada alguna de sus páginas con el destello, porque eso fue, un visto y no visto, de la chifladura de aquel nombramiento.

   Ni era la primera vez, ni sería la última que la reina iba a poner su firma y, como una niña descubierta después de hecho algo mal, echar la culpa a los demás. Así había pasado en 1843, cuando pintó su firma sobre los decretos que Salustiano Olózaga le había presentado, pero entonces, y aunque era reina, contaba con apenas 13 años; y así ocurría ahora, en octubre de 1849, con diecinueve años cumplidos, embarazada, cuando cedió a los ruegos de una de las camarillas de palacio, y aun a los deseos de uno de sus favoritos entonces  también: el seductor marqués de Bedmar, introducido en la corte, para alcanzar la alcoba de la reina, por el Marqués de Salamanca.

                                                         *

   La camarilla del rey Francisco de Asís no es la única que se esfuerza en influir en los asuntos del reino. Otras, como la conocida “Camarilla napolitana” comandada por la reina madre y su esposo Fernando Muñoz, o la muy católica del padre Fulgencio, confesor del rey, sor Patrocinio, la Monja de las Llagas, y en menor medida, sor Sacramento, también toman partido en un juego en el que el rey intriga tanto como es objeto de las intrigas de los demás. Un juego confuso en el que las camarillas parecían actuar conjunta o separadamente según los intereses del momento.

   Varios son los interesados en privar a Narváez del gobierno que dirige desde 1847, y varias las versiones sobre las recomendaciones que la reina recibe para exonerarlo del cargo, que no son incompatibles. Que Isabel firme el decreto a petición de su amante Manuel Antonio Acuña y Dewite es posible. Una reveladora nota de la reina a su marqués preferido indicándole que, llegado el momento, pase la mano por la barandilla de su palco en la velada teatral a la que ambos van a asistir, si desea que Narváez sea destituido, parece que involucra Bedmar. Pero que el rey Francisco de Asís aliente a la reina a un cambio de gobierno parece también impulso capaz de doblar la voluntad voluble de la reina. No son amigables las relaciones entre el rey y Narváez. Es el monarca consorte, alentado por su camarilla, defensor de su pretensión a participar en el gobierno, pues tiene una visión absolutista del poder. Tampoco es mayor la estima que del general tienen el padre Fulgencio y sor Patrocinio, cuya antipatía por el duque de Valencia es notoria, a causa de la escasa observancia de las prácticas religiosas por parte del general.

   Resultado de una u otra cosa, o de ambas, el caso es que aquel 18 de octubre sobre las cinco de la tarde da aviso la reina al presidente de su intención de sustituir el gobierno. Apenas dos horas más tarde, se presenta en palacio Narváez y su gobierno, que presenta la dimisión, cuya aceptación se publica el día siguiente: “Atendiendo a las razones que me ha expuesto el Presidente del Consejo de Ministros D. José María Narváez, Duque de Valencia, Capitán General de los Ejércitos, vengo en admitirle la dimisión que me ha hecho del expresado cargo, quedando altamente satisfecha del distinguido celo, suma inteligencia y lealtad con que lo ha desempeñado. Dado en Palacio a 19 de octubre de 1849.

Isabel II, por Ángel María Cortellini. 1952. Museo del Romanticismo, Madrid

   El nuevo gobierno, hechuras de la camarilla del rey y de la facción ultracatólica, lo preside el general don Serafín María de Soto, conde de Clonard, que asume la cartera de Guerra; Cea Bermúdez es nombrado Ministro de Estado; el general y mariscal de campo don Trinidad Balboa, de Gobernación, ocupándose también interinamente de la cartera de Comercio, Instrucción y Obras Públicas, nombramientos estos y los de los restantes ministros que fueron firmados por la reina ese día.

   Durante las siguientes horas María Cristina, la reina madre, habla con su hija, que siempre encuentra justificación y culpa en otros. Convencida del error, Isabel llama al duque de Valencia. Narváez acude a la llamada de la reina:
 ─Ramón, Francisco me asustó, no tuve más remedio, compréndeme.
   Y el general es repuesto. Acostumbrado como está a disolver gobiernos, se dirige al conde Clonard en frase que se ha hecho célebre:
   ─Vuestra excelencia puede ir a descansar de sus fatigas.
   El gobierno todo ha sido cesado. Ha durado veintisiete horas.

   De modo que también dado en Palacio, pero al día siguiente la reina rubrica el siguiente decreto: “Atendiendo a los altos merecimientos, extraordinarios servicios y acrisolada lealtad de D. Ramón María Narváez, duque de Valencia, vengo en nombrarle Presidente de mi Consejo de Ministros, siguiéndole los ceses de los nombrados el día anterior y los nombramientos de nuevos ministros, en los respectivos decretos rubricados por la reina.

   Al mando de todo otra vez, el espadón de Loja actúa sin contemplaciones. También a esto está acostumbrado, y puesto que sabe que lo sucedido ha sido, según sus propias palabras, un drama preparado por un fraile, una monja y un rey, que ha terminado en sainete, está dispuesto a poner a cada uno en su lugar: al padre Fulgencio, en el convento que los escolapios tienen en Archidona; a sor Patrocinio en un convento de Talavera de la Reina y puesto que al rey no lo puede encerrar en el Alcázar de Segovia, como hubiera querido, se limitó a confinarlos en sus habitaciones, lo pagan sus adláteres, el secretario Martín Rondón es enviado a Oviedo y Baena, otro de los servidores de don Paquito, a Ronda.

   Tampoco se olvida el duque de Valencia del conde Clonard y su efímero gobierno. Clonard es destinado, en situación de cuartel, a Jaén; y el general Balboa, antiguo jefe de la policía fernandina, y cruel represor de carlistas en Castilla, a Ceuta. Curioso destino para él si tenemos que cuenta que tras la creación la policía española en 1824, Balboa, que la dirigía entonces, durante la estancia de los reyes en Aranjuez, se ocupaba de dar el parte con las novedades al rey. La reina Isabel de Braganza, conocedora de las infidelidades del rey felón durante sus correrías nocturnas, pidió a Balboa incluyera en el parte la siguiente nota: “Sepa Vuestra Majestad que no ocurre más novedad que la alarma de vuestros fieles súbditos, temerosos de que los aires fríos y húmedos de la noche ataquen vuestra prestigiosa salud”, lo que molestó al rey felón, que a punto estuvo de castigar a Balboa con el destierro al presidio de Ceuta. No iba a tener tanta suerte esta vez.

   La luz del ministerio relámpago se había apagado.

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